¿Qué hacemos con las personas cuyo trabajo está cambiando más rápido que sus competencias?

Hay una conversación que parece haberse instalado en todas partes: IA, automatización, transformación digital, productividad.
“Implemente IA”. “No se quede atrás”. “Transforme su empresa”.
Pero quizá estamos comenzando por el lugar equivocado. Antes de preguntarnos qué tecnología necesita una organización, tendríamos que hacernos una pregunta mucho más incómoda: ¿qué necesita realmente transformar esa organización?
Porque no todo aplica para todos. Incorporar una herramienta sin comprender primero el estado actual de la empresa, sus personas, sus procesos, su cultura y sus capacidades puede significar acelerar sin tener demasiado claro hacia dónde vamos.
Por eso queremos comenzar esta reflexión con una distinción:
“Transformarse no es implementar tecnología. Implementar tecnología puede ser una consecuencia de haber decidido transformarse.”
Primero comprender
La inteligencia artificial está modificando tareas, procesos, profesiones y formas de tomar decisiones a una velocidad extraordinaria. Mientras observamos todo lo que la tecnología puede hacer, existe otra transformación que merece nuestra atención: la del trabajo humano.
Las tareas cambian y, con ellas, las competencias necesarias para realizarlas. Algunos roles comienzan a redefinirse, las decisiones se distribuyen de otra manera y las relaciones entre las personas también se modifican. Cuando todo esto ocurre simultáneamente, no estamos simplemente incorporando una nueva tecnología: estamos alterando la manera en que funciona una organización.
Entonces aparece la pregunta que da origen a este artículo:
¿Qué hacemos con las personas cuyo trabajo está cambiando más rápido que sus competencias?
La respuesta inmediata suele ser capacitarlas. Y, por supuesto, tendremos que hacerlo. Pero probablemente ya no sea suficiente.
Cuando cambia profundamente el trabajo, no solamente cambia lo que una persona necesita saber hacer. También cambia aquello que necesita comprender, decidir, conversar, aprender, desaprender y asumir como responsabilidad propia. Incluso puede cambiar la manera en que entiende su profesión y el valor que aporta a la organización.
Por eso, reducir esta transformación a aprender a utilizar nuevas herramientas podría dejarnos preparados técnicamente para un trabajo que, mientras aprendemos a realizarlo, continúa transformándose.
Antes de implementar, necesitamos diagnosticar
Una organización necesita comprender dónde está antes de decidir hacia dónde quiere ir.
Eso implica revisar qué procesos continúan generando valor y cuáles necesitan evolucionar; reconocer las competencias que posee y aquellas que tendrá que desarrollar; identificar el conocimiento acumulado que no debería perder; comprender cómo están funcionando sus equipos, qué tan preparados están sus líderes y qué aspectos de su cultura pueden facilitar o dificultar la transformación.
Solo entonces tiene sentido preguntarse qué papel puede desempeñar la tecnología.
Desde esta perspectiva, la conversación deja de comenzar con “¿dónde podemos implementar IA?” y empieza con algo mucho más estratégico:
¿Qué organización necesitamos construir para seguir siendo relevantes?
Esta pregunta nos lleva inevitablemente a tres decisiones: qué debemos cambiar, qué debemos proteger y qué necesitamos construir. Cambiar no significa destruir
Toda transformación exige reconocer aquello que dejó de responder adecuadamente a la realidad. Habrá procesos, roles, competencias, estructuras, formas de liderar y maneras de relacionarnos que tendrán que evolucionar.
Pero transformar no significa desechar indiscriminadamente lo anterior.
Dentro de las organizaciones también existen conocimiento acumulado, experiencia, confianza, cultura, relaciones, propósito y criterio profesional. Elementos que no siempre aparecen en un mapa de procesos ni pueden medirse fácilmente, pero que forman parte del valor que una organización ha construido durante años.
Quizá uno de los mayores riesgos de transformar demasiado rápido sea precisamente destruir aquello que todavía no hemos comprendido suficientemente.
Por eso, proteger también es una decisión estratégica.
Proteger no significa resistirse al cambio. Significa reconocer aquello que continúa generando valor mientras construimos lo que todavía no existe: nuevas competencias, nuevos roles, nuevas conversaciones, nuevas maneras de aprender y nuevas formas de colaboración entre personas y tecnología.
El desafío, entonces, quizá no consista en correr detrás de cada nueva herramienta, sino en desarrollar una capacidad mucho más profunda:
Aprender a transformarnos continuamente sin perder identidad, propósito ni criterio, porque la tecnología seguirá cambiando.
La reflexión es si nosotros aprenderemos a transformarnos con ella sin olvidar lo que merece permanecer.
E-ducoaching Academy
Educación más allá del conocimiento.
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