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Coaching y mentoring comparten territorio, pero no ocupan el mismo lugar

31 ago
4 min de lectura

¿Necesitas a alguien que te ayude a encontrar tus propias respuestas o a alguien cuya experiencia pueda ayudarte a construir mejores decisiones?


La pregunta parece sencilla. La respuesta, probablemente, no lo sea.

Coaching y mentoring se han convertido en términos frecuentes en los entornos de liderazgo, desarrollo profesional y gestión del talento. Ambos acompañan procesos de aprendizaje, desarrollo de capacidades y crecimiento profesional y humano.

Y quizá por esa cercanía también tendemos a confundirlos.

No son lo mismo, pero tampoco necesitan competir.


Qué territorio comparten? el desarrollo humano, el aprendizaje, la ampliación de posibilidades y la construcción de nuevas capacidades.

Lo que cambia es el lugar desde el cual se acompaña.


Cuando el coach no necesita haber recorrido tu camino

Una de las particularidades más poderosas del coaching es precisamente esta: el coach no necesita haber vivido la experiencia de su cliente para acompañarlo.

Su valor no reside en decir: “yo estuve allí y sé lo que debes hacer”.

Reside en su capacidad para escuchar, preguntar, desafiar perspectivas y facilitar un proceso de reflexión que permita a la persona observar aquello que quizá todavía no estaba viendo.

El coaching parte de una premisa profundamente respetuosa de la autonomía:

la persona no es un recipiente que necesita ser llenado de respuestas.


Tiene experiencias, recursos, interpretaciones y capacidad para construir nuevas posibilidades.

Por eso, un buen proceso de coaching no debería producir dependencia del coach. Debería ampliar la capacidad de la persona para observarse, decidir y actuar con mayor consciencia y responsabilidad.

El coach no recorre el camino por el cliente.

Lo acompaña a mirar el camino de otra manera.


Cuando la experiencia sí entra en la conversación

El mentoring introduce una variable diferente: la experiencia del mentor puede formar parte activa del proceso.

Un mentor posee conocimientos, aprendizajes o experiencia relevante en un determinado ámbito y los pone al servicio del desarrollo de otra persona.

Pero aquí aparece una distinción fundamental:

tener experiencia no convierte automáticamente a alguien en mentor.

Si mentoring significara simplemente decirle a otra persona qué hacer, bastaría con acumular años de experiencia y comenzar a repartir consejos.

Y no funciona así.

La experiencia puede iluminar, pero también puede condicionar.

Aquello que funcionó para el mentor ocurrió en un contexto, un momento y unas circunstancias determinadas. Convertir esa experiencia en una receta universal puede terminar reduciendo, en lugar de ampliar, las posibilidades del mentee.

Por eso, mentorear exige algo más complejo que transmitir conocimiento.

Exige criterio para saber cuándo preguntar, cuándo compartir, cuándo desafiar y cuándo guardar silencio.


La diferencia quizá esté en el tipo de conversación

Podríamos simplificar diciendo que el coaching pregunta mientras el mentoring aconseja.

Pero esa explicación resulta insuficiente.

Los buenos mentores también preguntan.

Y una conversación de coaching es mucho más que formular preguntas.

La diferencia está en la naturaleza y el propósito de la relación.

En coaching, la conversación busca favorecer que la persona genere consciencia, amplíe perspectivas y construya sus propias respuestas.

En mentoring, además de facilitar reflexión, existe la posibilidad de incorporar experiencia, conocimiento, perspectiva y aprendizajes del mentor como recursos para el desarrollo del mentee.

Podríamos expresarlo así:

El coach pregunta para que emerja una respuesta.

El mentor pregunta, comparte experiencia y ofrece perspectiva para que pueda emerger criterio.

Y el criterio resulta especialmente relevante en escenarios donde ya no basta con saber qué hacer.

Hay que aprender a discernir cuándo hacerlo, por qué hacerlo y qué consecuencias puede producir una determinada decisión.


El riesgo de confundir acompañar con dirigir

Tanto coaching como mentoring tienen sus propias distorsiones.

El coaching pierde profundidad cuando se convierte en una sucesión de preguntas sin propósito, incapaces de desafiar realmente la manera en que una persona observa su realidad.

El mentoring pierde su esencia cuando la experiencia del mentor ocupa tanto espacio que termina sustituyendo la voz del mentee.

En ambos casos aparece el mismo problema:

el acompañamiento deja de desarrollar autonomía.

Quizá por eso la calidad de estas disciplinas no debería medirse únicamente por cuánto sabe o cuánto habla quien acompaña, sino también por lo que ocurre en la persona acompañada.

¿Piensa con mayor profundidad?

¿Amplía su perspectiva?

¿Desarrolla nuevas capacidades?

¿Toma decisiones con mayor consciencia?

¿Necesita cada vez menos que alguien decida por ella?

Si la relación genera dependencia permanente, deberíamos preguntarnos si realmente estamos desarrollando a la persona o simplemente haciéndonos indispensables.

Esta no es solamente una cuestión metodológica.

Es también una cuestión ética.

Coaching y mentoring no tienen por qué competir

Hay momentos profesionales en los que necesitamos detenernos, cuestionar nuestras interpretaciones y descubrir respuestas que nadie puede construir por nosotros.

Ahí el coaching puede resultar extraordinariamente poderoso.

Hay otros momentos en los que necesitamos conversar con alguien que conoce un territorio, ha enfrentado desafíos semejantes y puede compartir perspectivas que nos permitan desarrollar criterio frente a situaciones nuevas.

Ahí el mentoring adquiere un valor diferente.

Y existen momentos en los que necesitamos ambos.

Un líder puede requerir coaching para reconocer aquello que está limitando su manera de liderar y mentoring para desarrollar criterio frente a decisiones que todavía no ha tenido que enfrentar.

Un profesional puede necesitar coaching para revisar su propósito y mentoring para comprender mejor un nuevo escenario profesional.

Un coach puede continuar trabajando sobre su propio desarrollo y, al mismo tiempo, recurrir al mentor coaching para reflexionar sobre su práctica profesional y seguir desarrollando sus competencias.

No son escalones de una misma escalera.

No necesariamente uno comienza cuando termina el otro.


Son formas diferentes de acompañar el desarrollo humano.

Entonces, ¿qué necesitas hoy?

Tal vez esta sea la pregunta más importante.

Porque antes de elegir una metodología, un programa o incluso un profesional, necesitamos comprender qué tipo de conversación estamos buscando.

¿Necesitas descubrir algo que todavía no estás viendo?

¿Necesitas cuestionar una manera de interpretar tu realidad?

¿Necesitas desarrollar una capacidad?

¿Necesitas aprender de la experiencia de alguien que ya conoce determinado territorio?

¿Necesitas perspectiva para tomar decisiones cada vez más complejas?

Las respuestas pueden conducir hacia lugares diferentes.

Y eso está bien.

Porque acompañar el desarrollo humano no debería consistir en adaptar a todas las personas a una misma herramienta.

Debería consistir en comprender qué necesita esa persona para seguir creciendo sin perder su autonomía.

Coaching y mentoring comparten territorio.

Ambos pueden abrir conversaciones, desafiar certezas, ampliar posibilidades y acompañar procesos de desarrollo.

Pero no ocupan el mismo lugar.

Y quizá la pregunta ya no sea:

¿Coaching o mentoring?

Sino una mucho más interesante:

¿En qué momento de tu desarrollo estás y qué tipo de conversación necesitas para avanzar?

 
 
 

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